14 Octubre 2009
17 Septiembre 2009
Literaturas (I): Bestsellers
¿Por qué alternamos la lectura de grandes autores que nos conmueven con su estilo, sus invenciones y su uso mágico e irrepetible del lenguaje con otros libros que son en el mejor de los casos, relatos bastante entretenidos, de buena dosis de suspense y en el mejor de los casos, personajes queribles aunque comúnmente estereotipados, y con un estilo que tiene más en común con los bedtime stories de la infancia que con la invención literaria?
En el caso de quien escribe, la respuesta es un interrogante. La novela norteamericana de bestsellers suele caracterizarse (en sus momentos más logrados) por ser una lectura atrapante, una suerte de traducción de lo que se siente ante la típica película de Hollywood medianamente bien hecha, que en ayuda a esa parte pasatista que todos tenemos, y que después de todo, tiene peores destinos en otros lugares.
He aquí, entre mis lecturas en lo que va del año, los cuatro libros que entrarían en la categoría y algunos comentarios sin más pretensión que hurgar en el asunto un poco, y discutir con los mismos libros.
Empecemos con el más admirado por los lectores de habla hispana:

El Club Dumas
Arturo Perez-Reverte
Nunca había leído a este autor, tan respetado por muchos lectores hispanoparlantes, si bien muchos se limitan a reconocerle la serie de Alatriste, que no he tenido el gusto (ni sospecho que vaya a tenerlo) de leer. Haciendo caso a los que me lo mencionaban una y otra vez como una voz con autoridad en la ficción ibérica, y habiendo visto la película que Polanski filmó basándose en el libro (“La novena puerta”), sospeché que podría encontrar aquí la bisagra ideal entre el mundo de la literatura refinada y los libros populares. La decepción comenzó con la cantidad de lugares comunes que el autor transita casi en piloto automático. Tenemos al (anti) héroe moderno que ha perdido a un amor al que recuerda en beodos atardeceres, una intriga de suspense que intenta ser imprevisible y en realidad es más bien insípida, y encima con un final supuestamente ambiguo que no es en realidad más que un final fallido. Quizás “El club Dumas” tenga sus mejores páginas allí donde habla de libros, donde vemos a Corso (el protagonista antes mencionado) informarse e informarnos de las prácticas que se ponen en uso para falsificar antiguos volúmenes. El resto, el argumento, la conjura, es puro artificio sin más hilo conducente que una intriga mal explorada, cuyas mejores vertientes son siempre sacrificadas. Por otro lado, los paralelos con los libros de Dumas (y Maquet) se vuelven previsibles, aburridos y algo tediosos.
Se me ocurre que aquí entra a jugar la imagen del mismo autor. Este Jean Reno español que en artículos de opinión se carga a medio mundo con un tono soberbio y supuestamente desafiante que le queda un tanto ridículo. Si uno no sospechara que Perez-Reverte tiene mucho más de Dan Brown que de Umberto Eco, sería más perdonable su fastidiosa pluma. Como son las cosas, no lo es.

El jardín de las fieras
Jeffery Deaver
Un ejemplo de manual de lo que podemos llamar “literatura popular norteamericana” (llámese John Grisham, Stephen King, Dan Brown) o quien sea; es decir, bestsellers yanquis.
¿Por qué alguien lee un libro como este? En mi caso, porque me lo regalaron con la compra de otro de manera sorpresiva y porque estaba ambientado en la alemania nazi, etapa que estaba explorando en libros de ensayo, cine y documentales. Digamos que la escenografía fue el gancho, como debe serlo para muchos. Aquí mismo diré que nunca esperé que fuera gran cosa.
El argumento es apenas una intriga de suspenso, cuya trama y personajes no se alejan mucho de las convenciones del género. Y es difícil decir que es un mal libro; no lo es, al menos dentro de su rubro, que es el entretenimiento. Luego, para quien busca en una novela otras cuestiones, propias del estilo, la originalidad, disparadores de ideas y esas cosas, este será un alto en el camino, por momentos un poco tedioso (cumple con una característica típica del género: le sobran unas cién páginas tranquilamente). Pero tampoco se puede decir que haya una sóla cosa que haga de este volumen una buena novela: personajes estereotipados una vez más (el protagonista es un hitman de corazón noble, arrepentido y que en realidad, no ha matado más que gente peor que él), una trama muy básica (se le ofrece un perdón a cambio de ir a la Alemania nazi y matar a un hombre importante en el entorno de Hitler) y una serie de vueltas que son las esperables del género (el que no es quien dice ser, el traidor, el amigo improvisado, el love interest). Si no fuera que la investigación contextual es bastante profunda e interesante (y tiene guiños reconocibles para quien lo ha investigado por su parte) podría ser una novela cualquiera, extrapolando protagonista y argumento, que son tan genéricos.
He ahí una cuestión: la mayoría de los personajes y situaciones de los bestsellers parecen perfectos injertos que podrían funcionar perfectamente en otro libro cualquiera de éste género.

La historia de Lisey
Stephen King
Hace poco leí en una entrevista que Stephen King decía que este era su mejor libro.
Habían pasado ya mucho años desde mi última lectura de SK, así que decidí darle una oportunidad a esta novela en particular, larga y densa, que sus fans suelen denostar con el argumento de que las primeras 200 páginas son un poco aburridas. Ese primer tercio de la historia (una mujer viuda de un escritor de prestigio que lidia con el estudio vacío de aquel esposo, sus cajas de borradores y papeles sin sentido, y los cuervos que quieren conseguir material inédito para el mercado, así como otros familiares que muestran grietas en la vida cotidiana de una supuesta pareja existosa) me pareció la mejor parte, en realidad. No pasa mucho, es verdad, por momentos se parece a un estudio de personajes.
Más adelante aparecerán seres crueles y perversos, una serie de “flashbacks” que narran la historia íntima de los secretos del matrimonio, y como frutilla del postre, un mundo paralelo, un universo al que se puede acceder mediante la imaginación, lo cual el marido muerto hacía muy a menudo desde niño. Aparentemente allí encontraba sus historias al mismo tiempo que sus miedos. También hay una historia paralela en la cual la viuda es acechada por un chiflado que si bien le da cierta adrenalina a la historia, luego de pasar por una escena digna del Marqués de Sade, se vuelve aburrida y previsible.
Yo no soy pro ni contra de Stephen King. Creo que tiene como mayores contras un estilo burdo y con reminiscencias de showman yanqui que hacen a veces dificultosa su lectura. Es como si uno siempre lo estuviera escuchando a él narrar en vivo, y cada tanto intercalar un comentario chistoso. También, en sus mejores momentos, maneja el suspenso y la caracterización de personajes y sensaciones de forma magistral. Su mejor arma siempre ha sido la capacidad de su imaginación (la serie de “La Torre Oscura” es el mejor ejemplo) y su entendimiento del horror humano (“It” en el terreno sobrenatural, “Misery” en el terreno realista).
Pero ese estilo es sólo soportable en sus mejores novelas. Y lamentablemente, parece que ya han pasado muchos años de su pico cualitativo. “La historia de Lisey” es otro de esos libros que tiene buenas partes y buenas intenciones, arruinadas por una lógica demasiado acomodaticia, además de llevar 600 páginas para lo que podía contarse perfectamente en 400 (aunque la verborragia es una constante en el trabajo de SK).
Lisey, finalmente, un personaje querible, tal vez merecía una mejor novela.

Los hombres que no amaban a las mujeres
Stieg Larsson
Un libro extraño, de un sueco que murió días después de entregar los manuscritos de una trilogía de la cual éste es su primer volumen. Lo primero que llama la atención es la abrumadora cantidad de “product placement”, nunca tan obvio como con Apple, aunque a casi todo lo que usan los protagonistas, el escritor se asegurar de contarnos que “es marca X”. Esto no es algo demasiado inusual, pero al ser tan marcado, resulta molesto y distrae de la trama principal.
La intriga principal pasa por una niña desaparecida unos cuarenta años atrás, aparentemente asesinada por algún miembro de una gran familia empresarial y los protagonistas son contratados para hacer una investigación propia, que no lleva a ningún lado hasta que por supuesto, se detiene en lo que nadie se detuvo antes.
Stieg Larsson no pasará a la historia por tener un estilo elaborado y un manejo de lenguaje interesante: lo suyo es la narración simple y sencilla. En este punto, el libro tiene sus buenos momentos (algunos dicen que hay que esperar a la página 150 para eso, aunque yo creo que recién se pone bueno a partir de la 350 y pierde astucia hacia el final). Los personajes son bastante simples, hay estereotipos aggiornados por doquier y el uso de adjetivos como “el malvado” para referirse a un miembro de la familia, no hace de este libro un relato particularmente sutil. Como no podía ser de otro modo, hay varias escenas de alto grado de violencia y perversión, de venganza y de sadismo, pero todo ese build up no termina por conducir a un lugar particularmente brillante. Cuando el libro está en su mejor momento, la trama se desinfla cuando nos enteramos de quién es quién, y algunas de las escenas más importantes pasan como si hubieran sido escritas por un alumno del autor, alguien no particularmente astuto para manejar diálogos, situaciones y ritmos de narración.
Y sin embargo, uno termina interesado en darle una leída al siguiente volumen. No es esa adicción de las grandes sagas, sino más bien un interés ameno y sin grandes dosis de adrenalina. Como libro inicial, su valoración podría mejorar si la segunda entrega es superior en su narrativa, situando a “Los hombres que no amaban a las mujeres” como apenas el capítulo de presentación.
29 Julio 2009
Elige tu propia aventura, o algo así…

“Un escritor que se enreda en los laberintos de su propia memoria; un joven estudiante que se convierte en best seller cuando luego de su muerte se descubre un manuscrito perdido; dos escritores compitiendo por una mujer a la que cortejan con relatos de ficción romántica y trágica; un cura perverso testigo de un milagro terrible; un hombre fascinado con una cámara fotográfica que lo conduce hacia un pasado inevitable; un amor de café y otro a la distancia; las confesiones de un posible traidor a su patria; instrucciones para recuperar amores perdidos y un chico algo chúcaro enamorado de su profesora, a la que intenta conquistar desde el internado en el que vive desde niño. Una tras otra, situaciones fuertes donde se juega la vida, el amor, la memoria y la muerte, cayendo como fichas de un dominó con gusto a azaroso e inevitable destino.”
-De la gacetilla de prensa de “Yo robé tu nombre”.
Estos días se han repartido en la presentación del libro en Capital Federal, breves charlas con gente encargadas de las secciones culturales de algunos diarios y revistas, y más importante aún: los primeros comentarios amontonados de la gente que ha leído el libro, ya sea directamente o a través de segundos.
Lo más interesante es la diversidad. Alguien me ha dicho que el cuento que lleva el nombre del libro no le gustó mucho, y otro que le pareció estupendo. Si bien la mayoría encuentra en “Antes que te olvide” un buen relato, una chica dijo haberlo leído al borde de las lágrimas, y otra que apenas le había parecido entretenido y punto. Para mi alegría, gente creyente tomó con humor e interés la ironía de “Deus ex machina” y una profesora de literatura me emocionó particularmente al preguntarme si podía leerles “El libro del muerto” y “La tangente” a sus alumnos de secundario. Sospecho que cuentos como “El enemigo” dependerán mucho de la interpretación que haga el lector (algunos lo vinculan a Hitler o Stalin, otros lo vinculan a la Argentina de Perón o de Kirchner). En la diversidad está el gusto, y uno, sentado acá y escuchando el eco de lo que escribió, no puede más que sonreír la variedad de interpretaciones y comentarios.
Antes de dejar una encuesta al respecto (a la que se puede añadir un comentario, si el lector así lo quisiera), transcribo algunos párrafos de la charla de presentación del 16 de Julio en Capital Federal (aunque una buena parte fue improvisada en el momento).
*
Escribir cuentos, novelas, crear ficciones, es también una forma de ponerle un límite a la realidad.
La realidad está en todos lados: los medios nos dicen todos los días que la gripe nos va a matar, y si no es la gripe, serán ladrones, violadores, asesinos, y enemigos cualesquiera. Pero incluso si no son noticias de este tenor, también la realidad nos cuenta si salió campeón Vélez o Huracán y quién hizo el gol, y aparte quién ganó en Operación Triunfo y si se pelearon Moria y Susana.
Es obvio que la realidad forma parte de nuestra vida cotidiana, y que en su justa medida, es saludable, pero esa misma realidad sólo sirve como interpretación del momento mismo, del aquí y ahora. La gripe pasará, y ya habrá otras enfermedades, y otros campeones del torneo, y otros puteríos en la farándula. La realidad se recicla constantemente, y nunca es demasiado diferente de lo que ya conocemos.
La ficción, un cuento, una novela, tienen la lógica del enamoramiento: cuando se descubre un buen libro la realidad queda, aunque sea de momento, aplazada. Y quizás aún mejor, es decir, si el libro es muy bueno, resignificada. El enamorado, igual que aquel que está sumergido en una ficción atrapante, vive un momento de fascinación cuyo poder radica en la imaginación, que no suele ser tan estimulada por el dato frío de la información de los medios.
La realidad es interpretación racional pura de los sucesos, es información. La Real Academia Española nos dice que una cicatriz es “La señal que queda en los tejidos orgánicos después de curada una herida o llaga.” Por otro lado, el poeta y escritor Leonard Cohen, en su primera novela nos dice que una cicatriz es “eso que los niños muestran como medallas y los amantes como un secreto a revelar.” La Real Academia nos informa con un saber de una lógica previsible y didáctica. La poética definición de Cohen nos dispara, metáfora por medio, a un mundo diferente, poblado por sensaciones, percepciones y respuestas emocionales. Ambas son igualmente válidas, pero una tiene de su lado la belleza.
(…)
Este libro tiene relatos que se hacen preguntas. A veces se disfrazan de certezas, pero siempre son preguntas. En uno de ellos se dice que “Todo amor, cuando termina, se lleva consigo un pedazo de nosotros, que cada amante refleja un color único en nuestra paleta y que nunca nos repetimos, ni somos la misma persona. Que nacemos, vivimos y morimos una vida nueva y diferente con cada amor. Pero llevamos esas agonías por siempre, agonías propias, inconfundibles, ineludibles y hermosas, de los amores pasados.” Por cierto, la Real Academia Española nos define amor como “Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear.” Este último, a mí, me suena un poco frío.
Y es por eso que escribimos, que leemos, que nos enamoramos y que todo eso tiene un arrebato emocional que los diccionarios no transmiten. Este libro quiere ser un asalto emocional más que revelar ningún dato. Nadie saldrá más sabio ni más culto por leerlo, pero en una de esas, encuentre cada lector un eco, una resonancia de sus propias vivencias, un escudo, que mediante la imaginación, por un momento resguarde de todo lo que es dato y cifra y estadística y certeza.
*
Próximamente, presentación en la ciudad de La Plata, durante Agosto, en día y horario a confirmar.
20 Julio 2009
Cronopio Cronopio

Si Borges no existiera, tal vez casi nadie dudaría en llamar a Julio Cortázar el Gran Escritor Argentino, o, por lo menos, el gran cuentista. En un breve repaso, la colección “Bestiario” sería algo así como el primer paso iniciático de una buena cantidad de volúmenes entre los que se cuentan “Final del Juego”, “Todos los fuegos, el fuego”, “Octaedro”, “Un tal Lucas” y por supuesto, “Historias de Cronopios de Famas”.
“Cronopios” es el libro en el cual el lector entiende que la pluma de Cortázar se ha soltado definitivamente. Lejos de los rigores de sus primeros cuentos, es aquí donde el autor parece afianzado en un estilo absolutamente suyo, más allá de sus temáticas, y por eso se anima a publicar este recopilados de cuentos, viñetas y parodias de ensayo, un estilo que llevará a su culminación en libros como “Ultimo Round”, libro que él explica como “almanaque”, en el cual se encuentra una suerte de collage de cuentos, ensayos, fotos, dibujos, poemas, todo en un órden caótico de excelente diseño.
“Historias de Cronopios y de Famas” abre con el inciso “Manual de Instrucciones” entre cuyos textos figura el siguiente, entre los más reconocidos:
“Instrucciones para subir una escalera
Nadie habrá dejado de observar que con frequencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en
una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se situá un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de transladar de una planta baja a un primer piso.
Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por
levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).
Llegado en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.”
Hablar de Cortázar de un modo tan ligero es sólo una excusa para compartir con todos aquellos que se interesen por la literatura, un video de unas 2 horas de duración que es nomás una entrevista en la televisión española que data de 1977. Desafío a cualquier interesado a que deje de ver el video antes de que este termine: es casi imposible, a menos que haya una urgencia del tipo “la casa se prendió fuego”. Cortázar es hipnótico cuando habla, tiene la misma capacidad de atracción sobre el espectador que aquel que escribe sobre sus lectores.
Hágase tiempo y mire haciendo Click aquí. De nada.
1 Julio 2009
La aventura de editar un libro

Y finalmente un día, el libro vio la luz, editado, en paquetes de dieciocho ejemplares, todos apilados en un costado de la editorial. En ese momento, uno de los encargados se me acercó y me dijo “Usted no lo vio todavía, ¿no?”. Un momento después, me entregó un ejemplar flamante del libro. Lo tuve en mis manos y antes que quedarme obnubilado, empecé a mirar que todo estuviera en orden, sobre todo las cosas que había corregido en la prueba de galera. Y luego, sólo fuimos el libro y yo.
Leerse a uno mismo publicado, en hoja de imprenta, en formato de libro, es muy diferente a leer el mismo texto en una pantalla de computadora, o en una impresión para correcciones. La palabra parece tener mayor dignidad, lo cual, por supuesto, es una ilusión: lo que no tiene peso propio, no lo consigue de prestado por un formato. Pero sí fue una aventura ponerme a leer algunos párrafos y sentirlos un poco ajenos, que es lo que ocurre cuando han salido al mundo definitivamente, porque ya han pasado por las manos de editores, diagramadores, imprenta, y finalmente, potenciales lectores.
Los errores que se hayan pasado, están plasmados para siempre. Las frases que se sientan poco agraciadas ya no tienen vuelta atrás. Pero a la vez, todo lo que se lee bien pareciera haberle robado un instante a la eternidad. Es vanidad pura, seguramente, pensar que uno puede morirse mañana, pero el libro seguirá estando, y sus ejemplares, vaya uno a saber qué aventura los llevará de un lado a otro.
Me interesan sobre todo los ejemplares que se vayan en manos desconocidas. Después de todo, uno calcula que su madre, su hermano o su primo mal que mal lo guardarán con cierto afecto. Pero me gusta imaginar las vueltas errantes a las que puede estar expuesto el ejemplar del que se hace un indirecto, alguien que no tengo mayor relación conmigo. Primero, porque es el lector ideal, ya que en su lectura no estará mediando el afecto ni será ésta complementada por una serie de ideas que se tienen sobre el autor. Un lector para quien el autor es un extraño es, en este instante, la persona a quien uno apunta.
*

En otro orden de cosas, el libro tendrá su presentación oficial en Capital Federal el día 16 de julio a las 19.30 hs en el salón de la Editorial Dunken (Ayacucho 357, casi Corrientes). Allí podrá adquirirse, y para aquel que no pueda concurrir pero esté interesado, en el mismo local de la editorial lo venden en los horarios habituales de cualquier comercio. Para más información, véase éste link.
Está planeada otra presentación en la ciudad de La Plata, a confirmar. Antes de fin de mes, seguramente publicaremos aquí alguna crónica de lo ocurrido. Si es que aparece alguien, claro…
*
Fragmento de “Antes que te olvide” (incluído en la colección):
“Esta es la historia de un amor. Es la memoria de un amor. Es el intento de preservarlo antes de que el tiempo se lo lleve con él. El nombre de él bien puede ser José. El de ella, Lucía. Pero ambos son todavía jóvenes, demasiado jóvenes. Acaban de besarse por primera vez: un beso torpe, atolondrado, producto de una noche casi surrealista.
Se encontraron por la tarde: cine y luego un café que resultaría en una charla de casi tres horas, y cuando, y cuando la noche había caído, él se ofreció a acompañarla a su casa. El camino fue tan sinuoso que trazarlo sería imposible; basta decir que pasaron por la puerta de la casa de los padres de Lucía al menos tres veces. Cada vez que lo hicieron alguien sugirió:
–Acá cerca hay un lugar que me encanta.
Se trataba de un edificio, de una plazoleta, de un bulevar; en cada uno de estos lugares, lo que en realidad encantaba a uno y a otro era la compañía. En un momento, cerca de la medianoche, pasaron por un supermercado cerrado, desde el cual llegaban sonidos extraños, monstruosos, rompiendo el contexto de la realidad lógica y previsible. Se acercaron juntos a investigar, pero no pudieron aventurar una explicación. Luego se detuvieron en una esquina oscura, tal vez para charlar del supermercado, tal vez para algo más. Lo cierto es que entonces el mismo edificio rugió, rugió detrás de ellos, lo que disparó la adrenalina y en consecuencia a ellos, que salieron corriendo, asustados y excitados a la vez. Cuando volvieron a ver el resplandor cansino pero familiar de las luces de avenida se detuvieron y estallaron en carcajadas sin necesidad de decirse una palabra al respecto. Cuando recuperaron el aliento, no tuvieron más que mirarse a los ojos para saber que aquel día no hubiera debido terminar jamás. Todo era mágico, de fábula, como si el universo hubiera hecho una pausa en su trabajo incansable de estimular la producción continua de realidad y un psicotrópico cósmico hubiera tomado las riendas de la noche. Y sabían también que ese momento debía terminar, el tiempo es finito, todo es apenas un transcurrir, por lo que aquello que les hacía vibrar tan genuinamente era causa ya entonces de una tristeza posterior imposible de evitar.
Entonces se besaron. Habrá quién recuerde que fue uno quién inició el acercamiento embelesado y tal vez el otro dirá algo diferente. Lo importante es que todo se concluyó con labios anhelantes, primaverales, que se encontraron sellando una esquina remota del universo. Luego el aire y el aliento húmedo de la noche en sus bocas. Tan sólo caminaron, caminaron de forma definitiva a destino y en el camino se besaron y abrazaron tantas veces como fue humanamente posible.
Lucía desapareció en las fauces de aquel edificio fastuoso que llamaba hogar y José decidió volver caminando a su tímido monoambiente, en parte porque la noche estaba estupenda y todo parecía radiante y llamado a la poesía. Y en parte porque no tenía ni para tomar ni un colectivo.”
22 Junio 2009
Yo quiero que me amen

En mi infinita ignorancia, no conocía la obra de Marcelo Figueras. Había visto Plata Quemada, pero no sabía que había participado de la adaptación del guión. Sabía que había escrito “Kamchatka” sólo porque me llamaba la atención que en la tapa se viera un tablero de T.E.G.
Por otro lado, Alfaguara viene editando en formato de libro el primer año de algunos blogs literarios de su proyecto Boomeran(g). En este mismo formato había leído el “Jet Lag” de Santiago Roncagliolo, el cual me había parecido muy agradable y no menos interesante por cierto. Tal vez creyendo que el formato se prestaba como garante, tomé “El año que viví en peligro” de Marcelo Figueras, sin haber leído nada de su autoría previamente, pero con el DVD de “Kamchatka” alquilado para completar.
Todo, absolutamente todo lo que es ameno del libro de Roncagliolo es insufrible y tedioso en el de Figueras. Hacía años que no me pasaba que un libro me impulsaba una y otra vez a dejarlo por la mitad, sin terminar. Y no, no es que sea arduo, no es que confronte grandes problemáticas a las que uno quiere escapar, no es que haya revelaciones ni epifanías, ni que sea difícil de leer, ni que sea demasiado sencillo (que lo es, pero no es el problema).
Simplemente es un libro tan lleno del EGO del autor que se vuelve imposible de leer pasadas las primeras 60 o 70 páginas (hasta donde uno todavía se siente generoso y espera que el libro mejore). Toda anécdota o comentario siempre alude a Figueras, a sus novelas, a sus guiones (de los cuales este libro es casi una publicidad encubierta, sobre todo cuando omite intencionalmente su guión más comercial, el bodrio “Peligrosa Obsesión”, un intento de hacer un tanque yanqui en la Argentina, todo esto mientras a lo largo de las páginas de su blog habla de su espiritualidad, de su falta de interés en la gloria o el dinero). Lo que en Roncagliolo es la anécdota (desde su mirada, por supuesto) en Figueras es una alusión a su persona. Si Roncagliolo hablaba entre maravillado y divertido del surrealismo de Honduras, Figueras halla excusa en cualquier situación para contarnos una y mil veces quién es, si quería a su mamá, lo que lee, lo que escucha, lo que mira, incluso nos enteramos de sus hijas (lo que dicen, comentan o estudian) expuestas porque son el marco de referencia de Marcelo, que claramente quiere que lo amen (no hay otra razón para publicar este panfletín).
Un ejemplo de lo más obvio, aunque uno en un océano, está en la página 64. Viene hablando de lecturas que de algún modo trascienden la muerte (sin ninguna lucidez en especial, porque es una excusa más para hablar de él, de su gente y de sus libros –libros que son una excusa para hablar de su vida y su imaginación, y así-) y termina el texto del siguiente modo, y cito: “Las buenas ficciones, como tantas veces lo han probado escritores valiosísimos (quiero decir, escritores que no son Figueras), tienen tanto vigor que le tuercen el brazo a la muerte.” La frase, que no es particularmente brillante (sólo un lugar común disfrazado), sirve para incluir en una misma frase los conceptos “escritores valiosísimos” y “Figueras”. Lo hace con el chiste mediando, disolviendo el arrebato ego maníaco, pero está ahí. El proceso del pensamiento es tal que lo delata: ha pensado en los escritores valiosos y la idea siguiente fue mencionarse a sí mismo. Estoy seguro que Figueras se cree ingenioso.
Peor todavía, se la agarra más de una vez contra el pobre Proust, diciendo que para él literatura es otra cosa, es emoción. Luego, claro, admite al pasar que nunca ha leído a Proust. Este es un ejemplo típico de estas páginas: nunca se discute a Proust en profundidad (primero, porque Figueras no tiene con qué), pero aparte, Proust termina siendo una excusa para uno de los veinte o treinta textos del libro donde nos repite una y otra vez que hay que escribir para emocionar y no para los intelectualoides. Durante estas diatribas se manda contra casi todos los nuevos escritores argentinos. Los cuestiona por querer escribir bien y en el proceso dejar de lado la emoción, como si la inteligencia de un fraseo genial no produjera emoción. Incluso, aunque no reniega de Borges, lo pone de ejemplo como alguien brillante que no lo emociona. Para los que hemos leído a Borges y nos ha emocionado la altura de su genio, entendemos rápidamente que hay competencias también, y lo que es más importante, que el simpaticón de Figueras no se emociona con la buena literatura de estilo porque no se ve reflejado en ella. Se sabe incapaz de, aunque debe decirse a sí mismo que no le interesa, escribir así. No, Figueras admira, por ejemplo, a Stephen King. Yo no tengo nada en contra de SK, pero obviamente, su gran imaginación y sus fuertes en ciertos aspectos narrativos se han visto arruinados muchas veces por su falta de estilo. Y un dato de color: cuando uno lee más y más a Figueras, llega un momento en que nota que el estilo del autor ¡es igual a las traducciones de SK! La puntuación es idéntica, es decir, tiene la identidad de una traducción de otro autor.
Luego vi Kamchatka. Un guión lleno de lugares comunes una vez más. Pobre Piñeyro, que andaba a mejores alturas cuando filmaba Cenizas del Paraíso. En Kamchatka la película gira en torno a un niño que durante la dictadura se ve alejado de sus amigos, forzado a vivir en una casa de campo, mientras ve que sus padres andan en algo que no puede terminar de entender. Figueras dice en su blog que el personaje se parece a él, que el hermanito está basado en su hemanito y la madre en su propia madre. Pero, Figueras no vivió ninguna de estas cosas. Por supuesto que todo esto cierra cuando entendemos que Marcelo muere porque que lo lleven en alzas por Avenida de Mayo, hacia el busto imponente que la ciudad ya le debe.
Si mezclamos todo su “yo, mí, me, conmigo” de 270 páginas con que encima Figueras se cree espiritual y artista, y con grandes verdades que la vida le ha revelado, tenemos una mezcla criminal. Si terminé de leer este libro (que me ha asegurado el desinterés absoluto por cualquier otro bodoque escrito por el autor) es porque soy disciplinado y odio dejar un libro por la mitad.
Costó. Mucho más que con el vilipendiado Proust, y con mucho menos satisfacción al final del camino.
(sí, Figueras, hacete cargo de esto)
17 Junio 2009
Pobre Pedro
(tapa de la primera edición, previa a la película, por supuesto)
Con cuánto prejuicio llegaba yo a la primera novela de Pedro Mairal, después de años de regurgitar la triste tarde en que tuve la mala fortuna de ver el engendro filmado por Agresti que lleva el mismo título. Más aún, suponiendo uno que una adaptación suele tener un argumento y tono más o menos similar al libro del cual está adaptado (y sí, hay excepciones, pero no son el grueso), ya me resultaba insoportable ver la foto de Mairal, con su cara de yo-no-fui, sabiendo todos que había escrito un librito comercial y melindroso para ganar un concurso de prestigio lamentable (siempre ateniéndonos a que había premiado una novela que había dado en una película como esta) y poner en movimiento una maquinaria de marketing y dinero que se mueve en torno a sí misma.
Pobre Mairal: escribió una buena novela, después de todo. Por caminos sinuosos que son difíciles de explicar me pasé unos meses leyendo novelas ganadoras de diferentes premios (Alfaguara, La Nación, Tusquets, Clarín, etc). Por supuesto, quería tener una mirada informada acerca de qué libros son premiados en cada concurso, más que nada porque cuando uno escribe y no lo conoce nadie, ganar un concurso parece una buena perspectiva. Entonces, básicamente, se trataba de encontrar el perfil de concurso adecuado: uno que no estuviera sospechado, que se interesara por libros parecidos al que yo estaba terminando, y jugarme las fichas en esa dirección. Y bien por las razones (prejuicios, sí, señora, dígalo) que yo tenía con el Premio Clarín por haber galardonado a este tipo, pensaba que era inviable para mí.
Luego llegó la Feria del Libro 2009 y allí, en el stand de “Ñ” encontré a precios muy convenientes un par de novelas premiadas, una de ellas, “Una noche con Sabrina Love”. Me costó tanto decidirme a comprarla… es que no suelo comprar libros que no vaya a leer, y se me hacía arduo prospecto pensar en leer tal adefesio. Pedro, si alguna vez lees esto, no me bastará una vida de pedirte disculpas (no, mentira, me bastaría con una o dos veces nomás).
(tapa de la siguiente edición, posterior a la película de Agresti, con Cecilia Roth)
Tal vez “Una noche con Sabrina Love ” no sea nada del otro mundo, pero es entretenida, tiene un estilo que es a la vez propio de una ópera prima pero con detalles de ingenio y manejo de ciertas técnicas que son simpáticas y agudas. Es imposible no simpatizar con el mundo de su protagonista, Daniel Montero (siempre que uno no lo piense como Tomás Fonzi, claro), porque muchos de sus miedos, sus arrugues, sus torpezas son reminiscentes de las que hemos vividos nosotros intentando atravesar ese duro camino ritual que hace del chico un hombre. Y la novela se lee como un típico libro iniciático, a la vez que paisajista, del mismo modo que, cada uno a su manera y con sus armas, lo son libros como “El juego favorito” de Leonard Cohen, o la película “Barry Lyndon” de Stanley Kubrick.
La gran sorpresa al leer el texto es que la afamada Sabrina Love, que es casi personaje protagónico en la película, en el libro aparece sobre el final, apenas en unas quince páginas. De toda la aventura del protagonista, en ese monstruo patético filmado por ese gran chanta argentino llamado Agresti, queda poco y nada. La película no tiene casi nada que ver con el libro, y no es una cuestión de un cineasta que hace su versión propia de la historia: es una chantada aprovechando el circuito de marketing de la maquinaria Clarín con su primer premio Novela. Quedan excusados Clarín y Mairal: el libro y su elección no son cuestionables. Serán debatibles, seguramente. Como voy enterándome, el mundo de los jóvenes autores es peor que el cabaret de la esquina, donde casi todos hablan pestes de todos los demás, se cuestiona siempre a los que ganan y se tira a matar contra los otros que pierden, porque tanto unos como otros son farsantes, en cambio, quien toma la palabra en el momento, es el único ser impoluto que sólo escribe por ser presa del talento desbordante y es incomprendido por el público al que de cualquier manera no llega por una conjura editorial que busca textos tontos y facilongos. Para todos esos escritores que viven de hacer la gesta viborea en el nido de la envidia, Pedro Mairal con su pequeña novela acerca del chico que gana el concurso para debutar con la porn star del momento, tiene mucho para enseñarles. Humildad, en principio.
Y sin embargo, vuelvo a pensar: pobre Pedro, escribió un digno primer libro que augura mejores cosas por venir, y sin embargo, cuando alguien dice “Una noche con Sabrina Love” la mayoría de la gente pensará en todo ese celuloide de Agresti con el que se podrían haber hecho tantos, tantos peines.
4 Junio 2009
Prueba de galera
Estos días mis tareas habituales, además de mi trabajo de editor y traductor, son:
* terminar en un mes y medio la redacción de mi segunda novela
* terminar en una semana la corrección del tercer borrador de la primera
* editar los ensayos que corresponden al e-book “Perro Malo”
* corregir la prueba de galera de “Yo robé tu nombre”, mi primer colección de narrativa breve.
Para quien jamás ha visto una prueba de galera, hay que decir que es una especie de prototipo del libro que la editorial realiza para que el autor haga sobre éste las correcciones que crea necesarias (de textos, diagramación, diseño, espaciado, etc).
Tener en tus manos tu primer prueba de galera no es una pavada: los textos se leen diferente. Tan acostumbrado uno a leerlos en la pantalla en sucesivas reescrituras, y en todo caso en alguna impresión casera para facilitar la revisión, cuando se puede vislumbrar la página del libro, con su diagramación que remite a aroma literario, la cosa parece seria. He decidido hacerme un fotocopiado de esta prueba de galera antes de devolverla a la editorial con sus correcciones. Es nostalgia del futuro anticipada, es un baño de vanidad, sí, es probable. Pero nunca más estaré frente a la novedad de ver una prueba de galera. Quizás no se trate de otra cosa que ese inevitable afán, tan humano, por preservar momentos impreservables.
De un modo u otro, quien lea está avisado: el libro marcha viento en popa. A los interesados por estar al tanto de las novedades, basta con que vayan al sitio web, o manden mail a las direcciones ahí provistas.


31 Mayo 2009
Volviendo sobre “Pudor”

En la entrada anterior se habla brevemente de la novela “Pudor” de Santiago Roncagliolo. Habiendo ahora visto la película de David y Tristán Ulloa, he llegado a la conclusión de que se trata de un libro imposible de filmar satisfactoriamente. La película no es mala, tiene algunos buenos logrados, pero no hay traducción posible a la pantalla de la forma en que Roncagliolo narra en fragmentos sucesivos los acontecimientos de esta familia fragmentada.
El trabajo formal es bien moderno, y se parece más a una película actual española que a una obra de un autor latinoamericano. De hecho, ya no es en Lima donde transcurren los hechos, es en España. Cambian los nombres, algunas situaciones, y algo asombroso: se tira por la borda una de las mejores historias de la novela, reduciéndola a sus huesos: la mujer, madre que recibe anónimos pornográficos. Por otro lado, todo el argumento en torno al gato, así como buena parte de lo que le sucede al abuelo, desaparece completamente.
Ya el cartel de la película anuncia un problema: en lugar de una imagen conceptual que abarque todas las historias, los del departamento de marketing han decidido mostrar prominentemente un beso lésbico que nunca ocurre en la película ni en la novela. El mayor desacato no es ese, sino que parecieran elevar, en pos de ser más tremendistas, ciertas historias por sobre otras.
Supongo que nadie pude filmar “Pudor” sin destruir la novela. La pregunta sería entonces, ¿por qué filmarla? Probablemente “Pudor” hubiese sido más interesante filmada al estilo de “The Killing” de Kubrick, o si se quiere un ejemplo moderno, “Vantage Point”, que es un thiller cualunque, donde la misma situación se desarrolla una y otra vez desde diferentes puntos de vista.
Lo que finalmente me regaló el film es una apreciación más generosa de la novela. En su libro de variedades “Jet Lag” Roncagliolo dice que al leer el guión se sorprendió por el lenguaje. De repente, sus peruanitos hablaban en gallego. Ahora decían “joder” cada dos palabras. Invitado a ver un premontaje, llegó a la conclusión de que el director y él han creado mundos distintos, uno de escenografías, actores, pruebas de luz y 50 miembros de equipo técnico, y otro, el del autor, que tan sólo consta de palabras. Lo sintetiza bien y quizá haya que agregar que como simple universo-película, no es mala, aunque sí malograda, y esto es independiente de la novela. Al fin y al cabo, cuando uno termina de leer “Pudor”, no se pregunta si valió la pena o no leerla, en todo caso le gusta o no. En cambio, cuando uno termina de ver el film, hay algo de esa pregunta insidiosa… ¿valía la pena ver esta película?
29 Mayo 2009
Esa gran novela latente
Comencé, como casi todos los que no somos peruanos, a leer a Roncagliolo a raíz de “Abril Rojo”, la novela con la que ganó el Premio Alfaguara 2006. Una extraña conjura cósmica hizo que su thriller latinoamericano me resultara menos satisfactorio de lo esperado. Primero, el único Premio de Novela Alfaguara que había leído por entonces era “Delirio” de Laura Restrepo, un libro que encontré potente, de una contundencia insospechada, una voz hipnótica. Por otro lado, justo antes de “Delirio” había leído a otro escritor peruano, Daniel Alarcón, con su excelente novela “Radio Ciudad Perdida” (estos dos libros merecen respectivas entradas que en su momento serán redactadas).

La cuestión es que, a mi entender, “Abril Rojo” no tenía la rareza atrapante de la novela de Alarcón ni la pluma incandescente de Restrepo. El argumento sigue las peripecias del muy correcto Fiscal Distrital Adjunto Felix Chacaltana en Ayacucho, intentando entender las secuelas y los fantasmas de una guerra que no es la que figura en la prensa, o al menos, es otra versión, otro cosmos creado del cual lo que se conoce es apenas el eco distante. En realidad, esta es la parte interesante. También hay un thriller, donde el Fiscal sigue la pista de un asesino serial, y esta otra parte, que toma mayor relevancia sobre el tramo final, es la menos atrayente. Salvo, claro, que “El silencio de los inocentes” te parezca una película apasionante. Claramente, a Roncagliolo sí le parece. Incluso luego admite cierta influencia (muy patentemente identificable). Dicho de otro modo, el contexto histórico-novelado es mucho más sincero, se mete bajo la piel y se asimila con distante emotividad, pero el recurso del thriller de suspense es demasiado obvio y por eso termina volviendo a “Abril Rojo” una novela más, entretenida, por momentos divertida, escrita de un modo atrapante (Roncagliolo tiene el talento de escribir de modo que con sólo un par de párrafos la atención del lector sea completamente suya a voluntad), que tal vez pudo haber sido un gran libro y se ha perdido un poco por el camino.
Por supuesto, la novela, al ganar un premio semejante, ha tenido mucha controversia. Muchos consideran “Abril Rojo” una basura, muchos la consideran una obra maestra. Probablemente no sea ni una cosa ni la otra.

Enseguida tuve la suerte de hacerme con “Jet Lag”, interesado en el experimento del blog de autor. Resulta que durante el 2006 Roncagliolo había llevado un blog que luego se publicó como libro. En esta edición, se divide en cuatro secciones. La primera (hilarante, y la mejor) describe los países, ciudades y situaciones que el autor conoce a medida que viaja a presentar su obra. Es imposible escapar a la pluma ingeniosa y observadora que describe desde el sistema surrealista de transportes de Honduras hasta las triquiñuelas de los vendedores de Marruecos. Luego siguen otras secciones, una dedicada a gente prestigiosa a la que se cruza personalmente, una tercera en torno a libros y películas con los que se hace en su tiempo libre y finalmente una corta sección acerca del “efecto popstar” (contando los pormenores de ganar un premio como el Alfaguara y cuestiones circunspectas a esa temática y el impacto en él y su contexto).
Cuando Roncagliolo escribe diciendo “Yo” su voz tiene una fuerza muy seductora, es como si sus novelas fueran menos honestas, como si la voz que lleva sus ficciones estuviera menos relajada y segura. “Jet Lag” es el libro perfecto para leer de viaje a cualquier lado.
Luego leí su cuento “Un desierto lleno de agua”, incluido en la colección de escritores latinoamericanos “El futuro no es nuestro”. Ya escribí acerca de ese libro, y sólo comentaré por ahora que el cuento me resultó muy disfrutable (aunque una vez más, esa colección incluía un cuento de Daniel Alarcón, en mi opinión, superior).

Era hora de conocer a fondo la cuestión de Sendero Luminoso. Al menos ese me dije cuando me encontré de casualidad en una librería con “La cuarta espada”. Sé que muchos en su país no están de acuerdo con su mirada sobre este tema, lo cual no me importaba. No buscaba una Historia objetiva del Perú; por el contrario, me gustaba la idea de tomar un nuevo libro de Roncagliolo donde el narrador fuera justamente Roncagliolo. Diciendo “Yo”. Aquí lo encontré y su repaso, a base de reportajes, investigación y conclusiones personales, es de fácil acceso e imposible de olvidar. Incluso me llevó a repensar “Abril Rojo”, novela que me prometí releer más adelante con esta información incorporada. No sé si haya que creer que “La cuarta espada” es una visión imparcial, creo que es un muy buen libro lleno de incertidumbres y parcialidades paradójicas, algo que el mismo autor dice en sus páginas.

Era el momento ideal para tener algo de “Pudor”. Esta es la novela pequeña de este autor, la anterior a su galardonada “Abril Rojo”. Es un libro breve, menos de 200 páginas con cuerpo grande en la fuente. Una vez más, el ingenio para atrapar al lector estaba ahí: sus personajes son todos interesantes, miembros de una familia con algo que ocultar o que no están pudiendo compartir con los demás. Hay una madre que recibe anónimos pornográficos, un padre al que el médico le da seis meses de vida, un chico que ve fantasmas, una chica a la que la llegada de la regla la pone en contacto con su sexualidad y despierta una nueva mirada sobre su mejor amiga, un abuelo que quiere internarse en un asilo voluntariamente para estar cerca de una anciana que fue objeto de afición años antes, y finalmente, un gato ardiendo de deseo. La lectura es ágil, aunque por momentos, poco profunda. Algunas historias tienen una resolución previsible, otras casi no parecen tener resolución y tal vez una sola sea del todo satisfactoria, aunque esta es una opinión personal. En retrospectiva, “Pudor” tiene la semilla de todo lo mejor y lo peor de Roncagliolo: ahí está su talento y su ingenio y a la vez, esa especie de voz artificial que no termina de estar segura de lo que cuenta, que no termina llevar a la novela a un estadío mayor.

Estoy convencido que Santiago Roncagliolo será un gran escritor, al menos en cuanto a ventas. Esto no es una ironía. Ciertamente, sabe ponerse al lector en la palma de la mano y esto lo hace con oficio. Cuando en la Argentina se edite su nueva novela, “Memorias de una dama”, seré de los primeros en leerla, a ver si confirma esa gran novela que está latente en su interior, o por el contrario, es una ratificación de que el escritor se siente cómodo con lo que ha logrado hasta el momento.

Un párrafo aparte merece su colección de cuentos “Crecer es un oficio triste”. Previo a todo lo antes relatado, este volumen presenta diez cuentos de los cuales al menos la mitad son realmente magistrales. Todos tienen ese toque ya mencionado, esa capacidad de ponerse al lector de su lado, y como por momentos transita una pseudo autobiografía en algunos cuentos, puede utilizar su “Yo” real, que ya dijimos qué bien le funciona. No es fácil publicar una colección de cuentos que tenga cinco exponentes excepcionales del género, y aquí sí, por momentos encontramos que la ficción (quizás por su medido espacio) se maneja con un talento interesantísimo. “Lucas y los colores de la nieve”, “Una influencia criminal”, “Un desierto lleno de agua”, “El matrimonio secreto”, “Hospital” son disfrutables e impostergables desde el primer párrafo.
Es en uno de estos cuentos que se hace mención a Stephen King. Así es como en cierto modo veo a Roncagliolo: un Stephen King latinoamericano, de más estilo y menos volado, y una capacidad similar de ser su propio show host a la vez que miles de lectores casuales lo compran en los aeropuertos, con libros desparejos pero siempre entretenidos. Aunque Santiago Roncagliolo puede dar mucho más que eso, casi que estoy seguro.
*Pie de página:
-Texto de Santiago Roncagliolo
-Entrevista a Santiago Roncagliolo (cuarta espada)
-Entrevista a Santiago Roncagliolo (memorias de una dama)
